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Testimonio de Patricia Gandarilla

Patricia GandarillaMe llamo Patricia Gandarilla y soy pastora asociada en una Iglesia Metodista Unida de habla inglesa en Imperial, Nebraska. Quiero compartir algo que considero un milagro por la forma en que Dios se ha movido en mi vida y también por la manera en que ha intervenido nuestra iglesia.

El 17 de agosto de 1999 llegué a Imperial necesitada de un cambio en mi vida. No conocía a nadie ni tenía idea de cómo era la vida para los inmigrantes en esa localidad. La primera noche dormimos en el suelo. Al día siguiente salimos a buscar vivienda y encontramos una casa muy pequeña. Alguien de por ahí nos prestó un templo abandonado donde comenzamos a reunirnos. El problema es que cada vez que llovía, el agua se colaba desde el sótano.

El pastor de la Iglesia Metodista Unida, Rev. Murray Smechel, nos dio la bienvenida y quiso saber qué nos hacía falta. Le contamos que el techo tenía muchas goteras y al día siguiente llegó muy solícitamente con una grúa y en compañía de otros hermanos para repararlo. Como yo no hablaba inglés, no pude expresarles mi agradecimiento como hubiese querido. Además, no entendía nada de lo que se estaba diciendo, pero cuando nos dejamos guiar por el Espíritu, podemos comunicarnos.

Las cosas no funcionaron como yo esperaba y pronto me encontré sola, sin saber qué hacer. Se me ocurrió pensar que si solicitaba a Inmigración un permiso para que mis hijos terminaran el año escolar, más tarde podría regresar a México. A todo esto, no me daba cuenta de que Dios estaba trabajando en mi vida. Yo sólo quería un permiso para regresar (esto me recuerda a Jonás), de modo que me di a la tarea de buscar una solicitud. Estaba muy emocionada porque no me llevó mucho tiempo encontrar lo que necesitaba. Rellené la solicitud y pensé: "listo". No me daba cuenta de que esa solicitud era solamente el inicio de un trámite engorroso e interminable.

Dos semanas más tarde recibí la contestación: me pedían que presentase una persona que respondiera por mí. Mi corazón se entristeció puesto que nadie me conocía como para darme una mano tan grande. En ese momento nadie me conocía en Imperial, y mucho menos como pastora. Sólo tenía a Dios de mi parte, de modo que empecé a orar y ayuné tres días para que el Señor enviara a alguien a mi puerta. Al tercer día, tras concluir mi ayuno, alguien tocó a mi puerta. ¡Cuál no habrá sido mi sorpresa al ver el pastor metodista, que estaba repartiendo alimentos entre la gente nueva de la comunidad con motivo de la Navidad! Cuando me entregó el paquete me preguntó si podía ayudarme en algo. Lo único que pude decirle fue: "OK". Cerré la puerta y comencé a preguntarme: "¿Dijo que era pastor metodista?"

Durante tres días pensé en ello y finalmente me animé a ir a verlo a su oficina. En mi medio inglés y a fuerza de señas le entregué los papeles de inmigración. Después de echarles una ojeada, me dijo: "Mmm... Inmigración. Déjame estudiarlos y te busco. No te preocupes, ¿OK?" En ese momento desesperé. "¿Que los va a estudiar, cuando mi permiso está casi por vencer?" Sin poder hacer prácticamente nada regresé a mi casa, pero no podía dormir preguntándome una y otra vez qué pasaría con mi vida y con mis hijos. Mi futuro dependía solamente de Dios.

Al cabo de dos semanas, el pastor vino a casa y me dijo: "Ya está listo". Antes de enviar el sobre con los papeles que nos pedían me llevó al santuario. Junto al altar, el pastor puso sus manos encima del sobre con los documentos y de mis manos e hizo una oración muy sencilla: "Dios, tú conoces el corazón de Patty y sabes que necesitamos a alguien que trabaje con el ministerio hispano. Amén". Envió el sobre e Inmigración contestó bien pronto que habían aprobado mi estadía por seis meses, que es todo lo que yo necesitaba. Pero no nos enteramos de ello hasta dos meses más tarde, porque como en la oficina de correos no me conocían, ¡los empleados regresaron la carta a Inmigración! Mientras esperábamos, el pastor siguió llamando a Inmigración, y finalmente recibimos el paquete. Ahí estaba la primera notificación con el sello postal original de hacía tanto tiempo. Yo no podía creer que Inmigración hubiera respondido tan pronto. Mientras pasaban todas estas cosas, el pastor me preguntó si quería hacer en la iglesia los estudios bíblicos que hasta ese momento estábamos haciendo en mi casa. Le contesté: "Pero, pastor, es que yo palmeo las manos... me gusta la guitarra". Con una sonrisa me respondió: "Tu casa es mi casa". Me gustó la idea y empecé a realizar las reuniones en su iglesia. Al poco tiempo llamó al superintendente y éste al obispo, quien en ese entonces era el Hermano Joel Martínez. Luego me preguntó si quería trabajar con la Iglesia Metodista Unida y si tenía algún estudio. "¿Trabajar? ¿Haciendo qué? Déjeme pensarlo". Toda mi vida yo había trabajado en mi país como pastora, pero no sabía que podía hacerlo aquí en los Estados Unidos. Fue por eso que le contesté: "¿Haciendo qué?" Me dijo: "Exactamente lo mismo que estás haciendo ahora aquí. Te he observado y aunque no entiendo español sé que eres una líder". En cuanto a estudios, le conté que me había graduado de un seminario hacía unos veinte años y que tenía otros estudios más. Cuando me preguntó si podía comprobar mis estudios, le contesté: "¡Claro que sí!, pero tengo que pedir mis diplomas, ¿de acuerdo?" Entonces el pastor empezó a investigar cómo podía ayudarme. Luego me solicitó una visa para trabajadores religiosos y me dijo que no me preocupara.

Durante ese tiempo se organizó el Comité Hispano del distrito y me invitaron a participar. Recuerdo que cuando llegué a la oficina distrital todo parecía estar tan bien organizado... Más tarde me di cuenta de que no era la primera vez que se reunían. Cuando mis papeles llegaron, el pastor los envió a Nashville para ver cuantos créditos me iban a dar. Contestaron pronto. (En ese momento yo no sabía qué agencia de la iglesia los evaluaba, pero luego me enteré de que era la Junta General de Educación Superior y Ministerio Ordenado). Me aceptaban catorce de mis créditos y sólo tenía que completar seis adicionales para calificar como pastora local. Días más tarde llegó la respuesta de Inmigración: habían aceptado mi solicitud de visa como religiosa por tres años. ¡Yo no podía creerlo! En menos de tres meses mi vida había cambiado por completo. Dios estaba abriendo puertas para mí y me había puesto un ángel, porque eso es lo que pienso del pastor que me ayudó y que ha sido mi mentor todo este tiempo.

También durante esos días se inició el programa misionero "10-10-10". Asistí al entrenamiento el verano de 2000. Debido a un error en la visa, la Junta General de Educación Superior y Ministerio Ordenado no podía pagar mi sueldo, así que se decidió que me contratara el distrito. En el verano de 2002 terminé el curso de estudios en la Escuela de Teología Perkins, en la ciudad de Dallas. Ese mismo año me nombraron pastora asociada de la Primera Iglesia Metodista Unida de Imperial. Para mí, todo lo que estaba pasando era un milagro que solamente Dios podía haber realizado. ¿De qué otra manera se podía explicar que aquella mujer que apenas dos años antes había llegado a un lugar donde no conocía a nadie, ahora fuese pastora asociada de la Iglesia Metodista Unida?¡Qué gran bendición!

Doy gracias a Dios por haber puesto en mi camino al pastor Murray, un hermano en Cristo que me cuidó y me ayudó a través del proceso de inmigración sin escatimar nada y sin importarle nuestras diferencias de raza, color o idioma. Hace exactamente un año que recibí mi residencia. Cuando pienso en todo lo que ha pasado este último año, ¿cómo ignorar que ha sido el Señor el que lo ha hecho posible?

Por la gracia de Dios hemos establecido servicios de adoración regulares, estudios bíblicos, un programa de enseñanza del inglés como segundo idioma, un programa de tutoría después de la escuela y un grupo de Mujeres Metodistas Unidas. Recientemente iniciamos dos comunidades de fe y realizamos los talleres de los módulos I, II y III del Plan Nacional para el Ministerio Hispano/Latino para crear un centro de formación de líderes. Recientemente he recibido un nuevo nombramiento: Directora del Programa Hispano del Distrito de Omaha. ¡Cómo no alabar a Dios por ello! Le pido al Señor que nunca me permita olvidar de dónde me trajo y quién soy ni tampoco ese milagro que comenzó con una simple reparación de un techo para convertirse en un gran ministerio.

Que Dios les bendiga.

Su hermana en Cristo,
Patricia Gandarilla